RASGOS DE Mª ANTONIA PARÍS

 

María Antonia París es una mujer con temple misionero no se detiene ante las dificultades, Dios le pide una Orden Nueva. Vive su fidelidad a Dios constante. Intrépida y audaz misionera, no se detiene ante los riesgos del peligro, se lanza mar adentro.

Se aconseja de personas sabias y prudentes. Se pone en situación de frontera. Rompe con esquemas del ¿Qué dirán? ¿Cómo se me juzgará? ¿Qué me espera fuera de la Compañía? Hay en ella una fuerte radicalidad en responder con fidelidad a lo que Dios le pide y a pesar de toda la exigencia e incomprensión que implica, sigue adelante madurando el Proyecto de fundar la Orden Nueva no en la doctrina sino en la práctica.

Mujer de personalidad firme, constante, profunda, de intuición aguda, de sensibilidad fina y delicada, con una coherencia e integridad admirable, de principios humanos-cristianos sólidos, con un sentido común extraordinario, decidida en sus convicciones, firme en sus principios y a la vez abierta a las opiniones de los otros, sobre todo si representaban la mediación de Dios.

Incansable en la búsqueda de las formas nuevas para responder a lo que Dios le pide.

Con actitud profética para denunciar, con dolor, los males que aquejan a la Iglesia y Vida religiosa de su tiempo. Los puntos de la reforma son un Proyecto de renovación eclesial que se harán realidad en el Vaticano II.

Definida en la lucha contra la discriminación racial en Cuba. Con miras apostólicas amplias, con clara opción preferencial por los más pobres. La enseñanza será gratuita para las niñas pobres.

Mujer de un corazón grande y entrañable, abierta a la amistad sincera y profunda. La caridad y el amor al hermano es un eje que atraviesa su vida, tanto en la vida interna de la comunidad como en la misión. Su vida es una itinerancia misionera constante haciendo fácil el camino con las armas de la justicia y el ejemplo.

Mujer cuya vida fue fecunda y marcó una espiritualidad. Mujer abierta para acoger los dones de Dios y transmitirlos a través del carisma recibido que continua vivo hoy en sus hijas.

Junto con San Antonio María Claret hace realidad la Fundación de la Orden Nueva de Nuevos Apóstoles, que hoy continua con vitalidad creciente en los 4 Continentes, y en actitud de búsqueda constante para adaptar el carisma al hoy de la historia y responder a las exigencias que le pide.

Mujer sin rostro por muchas décadas, casi un siglo, llegando hasta el ocultamiento de su persona y espíritu por las objeciones, dificultades, obstáculos, malas interpretaciones, por parte de personas que le fueran cercanas, confidentes...

Pero a pesar de las malas interpretaciones, la historia Congregacional mantiene como hilo conductor el testimonio de sus hijas que van pasando de generación en generación, de boca en boca, todo lo que han visto y oído acerca de la figura gigante en entrega a Dios, en vida de oración, en amor verdadero, en ardor misionero, en audacia apostólica, en inculturación con el pueblo, en cercanía dentro y fuera, en pasión por la renovación de la Iglesia, por la extensión del Reino, etc...

Este es el hilo conductor de oro que va engarzando su auténtica espiritualidad, la que nos entrega a sus hijas, a la Iglesia, a la Sociedad.

No ha podido ocultarse ni apagarse este fuego de su ardor misionero de su pasión por la renovación de la Iglesia, de su vida donada a Dios por amor; que ha permanecido bien encendido bajo las cenizas de casi un siglo de silencio, ocultamiento, prejuicios, indiferencias y negación, por parte de un grupo con influencia ante determinados estamentos eclesiales y hasta de la misma Congregación de Misioneras Claretianas.

Y como sucedió ayer, hoy y siempre la historia va desvelando la verdad, poniendo a la luz las cosas como son, a María Antonia París le llegó también la hora de salir del ocultamiento y después de 77 largos años de silenciar y deformar su espiritualidad, salió a la luz de manera clara y bien fundamentada el tesoro de la rica herencia, el caudal de savia escondido, el agua fresca y cristalina, que daba nuevo frescor y aroma al instituto y a cada Misionera Claretiana le iba refrescando la sed y aumentando el deseo de beber en esta fuente carismática, de excavar cada vez con mayor profundidad en el pozo de su espiritualidad, para descubrir el carisma que María Antonia París recibió y les entregó.

Las Misioneras Claretianas vivimos este Kairos de forma extraordinariamente conmovedora. Era un redescubrimiento de los orígenes del Instituto. Pudimos conocer, profundizar, gustar y saborear la riqueza de una espiritualidad que se unía y complementaba con la que veníamos viviendo y bebiendo en la espiritualidad de San Antonio María Claret.

Ha sido sumamente enriquecedor ir ahondando en los rasgos que unían y complementaban la espiritualidad de ambos Fundadores.

Desempolvar los escritos autobiográficos, las cartas, y sobre todo las Constituciones que María Antonia París había escrito para la Nueva Orden de Apóstoles ha supuesto para la Congregación un impulso fuerte de renovación fuerte y de entusiasmo que ha vigorizado la espiritualidad y misión en el Instituto.

El fuego vivo que encendió el corazón de María Antonia París y la llevó a "trabajar hasta morir en enseñar a toda criatura la Ley Santa del Señor", es la herencia que entregó a su Instituto y que a pesar de las cenizas que lo han venido cubriendo no han podido apagar el calor de una espiritualidad vigorosa llamada a ser en la Iglesia y en el mundo, antorcha brillante que con la luz del Evangelio siga alumbrando al estilo de Jesús de Nazaret.

Hoy María Antonia París sigue animando la vida y misión del Instituto que junto con San Antonio María Claret fundó, su vida y misión es acogida y valorada, por la Iglesia y el pueblo. El carisma misionero de ambos Fundadores sigue impulsando con vitalidad y en los cuatro continentes donde se ha extendido la Nueva Orden sigue resonando con fuerza el nombre y espiritualidad de esta mujer por tantos años sin rostro.

La Iglesia ha reconocido en la actualidad las virtudes heroicas de María Antonia París. Hoy sigue siendo para el Pueblo de Dios testigo del amor de Dios.

La incansable y audaz misionera, la mujer que amó y vivió la iglesia con dolor y pasión y trabajó con ardor incansable en la renovación de la misma.

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